Durante años se repitió que la televisión estaba muerta. Pero la verdad es que la TV lineal (con su programación fija y en tiempo real) ya venía en declive gradual desde inicios de los 2000 —mucho antes de que el streaming explotara en España, Argentina y México alrededor de 2012-2015—. La expansión de internet, redes sociales, fragmentación de audiencia y nuevos hábitos digitales ya robaban tiempo de pantalla hace décadas.
Luego llegó el streaming y aceleró el proceso: nunca tuvimos tantas opciones para ver, y aun así la sensación de cansancio creció. El problema ya no es el acceso al contenido, sino el exceso de elecciones.
Hoy, muchas personas pasan más tiempo navegando catálogos que viendo algo de verdad. La fatiga de decisión se convirtió en un fenómeno real y documentado en España, Argentina y México.
El agotamiento del streaming y la hiperpersonalización
El streaming resolvió la distribución, pero no del todo la experiencia. Los algoritmos aprenden rápido, pero suelen entregar variaciones del mismo patrón.
La promesa de personalización perfecta se volvió repetición cómoda. Series parecidas, películas predecibles, sugerencias basadas en hábitos antiguos. La emoción de descubrir algo nuevo se redujo drásticamente.
En vez de libertad, muchos sienten parálisis. La pregunta ya no es “¿Qué quiero ver?”, sino “¿Por qué es tan difícil elegir?”.
Por qué los eventos en vivo siguen siendo relevantes
Mientras tanto, los contenidos en vivo resisten con fuerza total —y el secreto está en la experiencia colectiva que generan—. El fútbol sigue paralizando países: en España, la final de la UEFA Nations League o partidos de LaLiga; en Argentina, las Eliminatorias al Mundial 2026 o la Libertadores (con picos masivos en Telefe); en México, los Clásicos o la Selección. Familias y amigos reunidos, gritando cada gol, y al día siguiente comentando en el trabajo o la escuela.
Los realities como Gran Hermano en Argentina (con audiencias récord en vivo y 24 horas en streaming), o programas como MasterChef en España y México, reúnen millones al mismo tiempo: estreno, galas, eliminaciones y debates interminables al día siguiente. Estos momentos crean una realidad compartida.
Recuerdan los finales de telenovelas que vaciaban las calles? En México, capítulos finales de clásicos como Rubí o María la del Barrio paraban el país, con gente corriendo a casa y bares llenos de pantallas. En España, éxitos como Cuéntame cómo pasó o Amar en tiempos revueltos generaban conversaciones nacionales. En Argentina, novelas como Montecristo o Resistiré unían generaciones. La emoción colectiva era palpable: todos viviendo los giros al mismo tiempo, y al día siguiente el país entero comentando el desenlace.
Esto no es nostalgia. Es comportamiento humano puro: la necesidad de pertenecer a algo mayor, compartir emociones en tiempo real y tener temas comunes al día siguiente.

La TV en la era de la IA: ¿retorno o transformación?
Con el avance de la inteligencia artificial, el futuro probablemente no sea elegir infinitamente qué ver, sino ser guiado hacia lo que está pasando ahora —y lo que importa en el momento, incluyendo eventos colectivos imperdibles—.
Menos catálogos infinitos, más flujo. Menos decisiones agotadoras, más contexto relevante. La IA puede ir más allá de recomendar: organizar la experiencia de forma más humana, armar grillas personales, destacar lo que todos comentan en tiempo real e integrar interactividad.
En este escenario, la TV no vuelve exactamente como era. Se transforma. En 2025-2026, la TV lineal sigue dominando en muchos mercados: en España con alrededor del 80-84% del consumo audiovisual (aunque con mínimos históricos de minutos diarios); en Argentina con 80% del tiempo de visualización (impulsado por fútbol y realities); en México con broadcast y paga aún fuertes, pero streaming creciendo al 25% o más. Lo que resurge con fuerza es la experiencia lineal y de flujo, especialmente vía canales FAST (Free Ad-Supported Streaming TV) como Pluto TV, Rakuten TV, Tubi, The Roku Channel y otros, que crecen rápido en España y Latinoamérica en 2026, ofreciendo grilla gratuita, sin suscripción, imitando la programación tradicional en smart TVs.
Claro, el streaming on-demand no va a morir —sigue creciendo y rompiendo récords—. Pero está obligado a reaprender de la TV el valor del “suceder juntos”, del “dejar correr” y de la curaduría contextual.
Lo en vivo, la curaduría en tiempo real y la experiencia colectiva ganan nuevo aliento en un mundo cansado de decisiones algorítmicas infinitas.
Tal vez el error nunca fue la TV, sino intentar transformar toda experiencia audiovisual en una lista interminable.
Cuando el algoritmo se canse, tal vez descubramos que la televisión no estaba muriendo, solo se estaba transformando.